Jun
17
La Libertad y la Masonería - Parte 2
Filed Under Freemasonry, Philosophy, Spanish
Por Julián E. Ortiz
De la Libertad Interior
La Francmasonería trabaja así en el carácter interno de los iniciados, a sabiendas de que un mejor aspecto sicológico y espiritual -es decir, una mayor libertad interior- en el individuo, son las mayores garantías de una humanidad cercana al ideal de Fraternidad.
Burrhus Frederic Skinner, el famoso sicólogo conductista, dedica una de sus últimas obras, “Más Allá de la Libertad y la Dignidad”, a combatir estos principios, arguyendo que los mismos son autodestructivos y que, además, son usados por todo tipo de tirano para engañar a los ciudadanos, crear guerras y mantenerse en poder.
Nosotros le decimos a los bien-intencionados Skinners del mundo que son -precisamente- estos principios que yerguen al hombre por encima de los obstáculos para asegurar que el tirano no exista y que hombres como ellos puedan expresar sus ideas libremente.
Hombres como Skinner parecen desconocer que las acciones de la humanidad están regidas por tres niveles en forma de pirámide. A la base se encuentra la amplia franja de las obras; en el medio, una masa más pequeña, que son las leyes; y en la punta, el minúsculo rector: los principios.
Sin principios, no existirían leyes que rigieran las acciones humanas. Las leyes de los hombres requieren de elementos de juicio: elementos como la libertad, felicidad, equidad (igualdad) y, por supuesto, justicia. Pensar de otra manera sería tomar como punto de partida a una máquina o un animal de laboratorio, pero ciertamente no a un ser humano.
Son los principios los fundamentos de la conciencia, que se han de transformar en actitudes, y éstas, a su vez en hábito de conducta. Esto ha sido entendido así por la Masonería desde su comienzo, y es éste el basamento de la enseñanza Masónica. Contrario a ello, los gobiernos se limitan a restringir los hábitos de conducta por medio de las leyes y, a veces, intentar cambiar actitudes por mensajes repetitivos de orden propagandístico. Creemos que una temprana educación moral redundaría en mayores beneficios sociales e individuales.
Otro sicólogo, Erich Fromm, un humanista de tendencia opuesta a Skinner, señala que en nuestras sociedades occidentales altamente industrializadas, el individuo está sumergido en un agobiante bombardeo de información que demandan de él múltiples y complejas elecciones, causando una especie de impasse -o parálisis-, que es el principal causante del “stress”. Fromm dice que, ante esta situación sin aparente respuesta, el hombre tiende a huir de la libertad, o lo que es igual a reducir sus opciones y no verse obligado a elegir.
Esto nos debe llevar a profundas reflexiones sobre el concepto de Libertad en un futuro. ¿Puede el hombre seguir siendo un individuo en medio de la sociedad? ¿O deberá acaso sacrificar su libertad personal, inclusive algunos de sus derechos, en nombre de lo que en un momento dado pueda ser considerado “el bien común”?
Los conductistas nos dicen que es éste el único camino. Para el conductista sólo existe el hombre a través de sus acciones -su conducta- y, de acuerdo a ellos, ésta está sujeta a condicionamiento. La más grande utopía de un conductista es crear una sociedad donde todos los seres humanos son iguales en acciones y semejantes en elecciones, porque -mediten esto- todos seríamos predecibles. (Y si a alguien le parece difícil de creer ésto, lea la obra de Skinner: “Walden Dos”)
Pero no toman en consideración el factor que no puede observar, ni auscultar, ni predecir ningún hombre: la experiencia interna del ser humano. Ahí donde yo llego, es un viaje solitario que nadie me puede acompañar. Yo soy. Yo soy. Y estas dos palabras encierran la más grande libertad.
El ser humano no sólo existe sino que constantemente está tomando decisiones acerca de su devenir -o su existencia por venir-. De esta manera, el ser humano tiene la libertad de cambiar en cualquier instante. Por lo que no puede ser predecible, por muy controlado que sea su medio ambiente. En las últimas consecuencias, el sostén de la existencia humana habrá de surgir para soportarlo todo, y será la dignidad y la Fe que nos mantendrá libres a pesar de las circunstancias.
El sicólogo Viktor Frankl escribió un libro titulado “la Búsqueda del Hombre por un Propósito”, en el cual reseña los resultados de años de estudio sobre el sufrimiento y la sobrevivencia de millones de almas en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Desprovistos de bienes, de familia, de todo derecho y libertad, reducidos a la más miserable de las condiciones humanas, poseyendo nada sino sus lastimosas y endebles existencias, millones de hombres, mujeres y niños se anclaban en una portentosa razón interior para seguir viviendo un día más, día a día, meses y años… un día más.
¿Qué puede hacer a un ser humano mantenerse deseoso de vivir en las peores condiciones donde la palabra “mañana” sólo puede traer imágenes de más horror y demencia? ¿Cómo no los aniquiló el “stress” insoportable de una situación inescapable? ¿Por qué no optaron por el escape liberador: el suicidio o la locura?
Pero estos seres tenían una cosa en común: la fe en Dios. Una fe establecida por una tradición milenaria que es la que ha dado identidad al pueblo hebreo, y propósito a su sufrimiento. Por ello esta nación ha crecido donde otras han perecido. Porque la fe fortalece el espíritu muy por encima de toda carencia física y todo embate sicológico.
Viktor Frankl nos cuenta una pequeña historia sobre una muerte en un campo de concentración, pero no es una historia de muerte, sino de vida: “Esta mujer sabía que iba a morir en pocos días, pero cuando le hablé, se notaba animada a pesar de este conocimiento. Ella me dijo ‘Estoy agradecida que el destino me ha golpeado tan duro. En mi vida anterior, fui malcriada y no tomé seriamente los logros espirituales.’ Apuntando a través de la ventana de su prisión, agregó: ‘Ese árbol allá afuera es el único amigo que tengo en mi soledad.’ Por esa ventana, ella tan sólo podía distinguir una rama de un castaño y, sobre la rama, dos botones comenzaban a abrir. ‘Frecuentemente hablo con este árbol,’ ella me dijo. Yo estaba sorprendido y no sabía cómo tomar sus palabras. ¿Estaría delirando? ¿Tendría alucinaciones ocasionales? Le pregunté si el árbol respondía, y ella me dijo: ‘Sí. El árbol me habla y dice: Yo estoy aquí -Yo estoy aquí- Yo soy Vida, Vida Eterna.’”
La Fe es la Libertad Interior. Y este tipo de libertad no puede ser arrebatada. Puede el hombre ser libre de acción en un sistema de justicia, pero si no tiene Fe, si no cree verdaderamente en un Ser Superior, si a través de esta relación con Dios no prende en él la chispa del Amor, si no puede amar porque no tiene Fe y muere en él entonces la Esperanza, ese hombre no puede ser libre. No importa la nación en que viva ni la condición social que disfrute, un ser sin Fe es como un muerto en vida.
Pero el hombre de Fe y principios es libre aunque su carne sufra encadenada.
Y aún estas luces son materia de elección en el hombre. El autor Viktor Frankl nos dice: “Un ser humano no es una cosa entre otras cosas; las cosas determinan unas a otras, pero el hombre es, en un final, autodeterminante. Lo que él es -dentro de los límites genéticos y sociales- lo ha hecho por sí mismo… Nuestra generación es realística, pues hemos conocido al hombre por lo que realmente es. Después de todo, hombre es aquel ser quien inventó las cámaras de gases de Auschwitz; sin embargo, es también ese ser quien ha entrado en esas cámaras erguido, con la Oración del Señor o el Shema Yisrael en sus labios… El hombre tiene ambas potencialidades dentro de sí; cuál es actualizada depende de decisiones, no de condiciones… Pues la libertad del hombre por o contra de Dios, así como por o contra del hombre, debe ser reconocida; de otra manera, la religión es un engaño, y la educación una ilusión.”
Por esto creemos, en la Francmasonería, que la educación de los valores humanos y de los Valores Divinos deben ser parte intrínseca de la temprana educación del hombre. Si queremos cambios en nuestra humanidad y un futuro de Libertad, Igualdad y Fraternidad para todos, primero deberemos enseñar a nuestros niños el arte y ciencia del Yo Soy antes que los de “yo sé” y “yo tengo”.
La Francmasonería acepta, en los iniciados, a los hombres libres y de buenas costumbres. El iniciado es un hombre que, al menos, ya ha trabajado a nivel de leyes y obras. Es muy probable que también haya trabajado a nivel de algunos principios, aunque, para muchos, de manera desorganizada. Pero la base está formada, y el centro del cuerpo piramidal desdibujado. Sin saberlo, lleva dentro de él el pináculo completo de los principios y la chispa de la Fe. Ningún Maestro Masón osará incurrir en el error de hurgar en las entrañas del iniciado para sacar estas virtudes y mostrárselas. Todo Maestro Masón sabe que ésto no es posible, que el viaje del iniciado no termina en su iniciación: tan sólo comienza. Será el propio iniciado quien realizará la obra que él es, y que la mayor felicidad está en cumplir con el deber de servir a sus semejantes.
La tradición Masónica existirá mientras exista necesidad del trabajo de albañil en la construcción de la Creación. Libertad es uno de los planos de construcción. Pero Libertad es sólo un revestimiento, una fachada, una consecuencia, el producto de algo más. Y sobre ese algo más, estamos todos comprometidos a trabajar a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.
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